jueves 21 de enero de 2010

La abyección machista


Quemaduras producidas por una agresions machista con ácido
Título: Domestic Violence in Pakistan. Irum Saeed, 30, poses for a phoptograph at her office at the Urdu University of Islamabad, 2008

Alguien dijo que todos los hombres somos iguales porque no se ha encontrado nada peor. Pero esa igualdad moral no ha evitado una competencia tenaz por seguir escarbando más... y más.

jueves 5 de noviembre de 2009

La biología del machismo

Egon Schiele (1890 - 1918), Mujeres derrocadas, 1915



Le degré de l’émancipation de la femme est la mesure du degré de l’émancipation générale.

Charles Fourier


Nota 1: Biología y violencia machista

La violencia de género, especialmente en la pareja, parece abarcar todo el espectro de la agresividad humana, del sarcasmo al asesinato, del parasitismo a la depredación, del infrarojo al ultravioleta. Y el agresor es típicamente un hombre. Sería ingenuo subestimar el talento de las mujeres en situación de conflicto: de hecho, es temerario subestimar la capacidad de combate de cualquier ser humano. Pero la gran mayoría de los que recurren a la violencia física son hombres, y casi todos los que recurren a la violencia sexual, también. Por lo demás, diversas autoras feministas añadirían que la violencia de las mujeres sería literalmente "anormal", es decir, expresaría las rupturas de un sistema ("normativo") basado en el poder de los hombres, y el ejercicio de la violencia sería un atributo característico de ese poder, de cualquier poder.

En mi perplejidad, no sabría opinar al respecto, pero algunos datos están a la vista. Así, el "Informe sobre victimas mortales por violencia doméstica y violencia de género" que elabora anualmente el Servicio de Inspección del Consejo General del Poder Judicial, contabilizó 121 muertes en 2008: 90 mujeres y 31 hombres. En algún caso, un sólo agresor había matado a más de una persona, de modo que había menos agresores que víctimas: 13 mujeres y 99 hombres. És decir, en el ámbito de las muertes por violencia doméstica y de género, durante el año 2008, el 74,4% de las víctimas eran mujeres y el 86,8% de los agresores eran hombres. Existen modalidades de agresión en las que la distribución per sexos puede ser otra: por ejemplo, en los ilícitos con fuerza, violencia o intimidación -sin resultado de muerte- la proporción de hombres suele ser aun mayor, mientras que en el ámbito de las agresiones verbales y de la exclusión social suele ser menor pero, en términos generales, las infracciones a la ley son cosa de hombres: el mismo año 2008, la población reclusa en España ascendía a 67.608 hombres (91,9%) y 5950 mujeres (8,1%). No imaginemos que se trate de un año excepcional o de una peculiaridad española: desproporciones de esa magnitud se han registrado siempre y en todas partes: los comportamientos disruptivos y, muy especialmente, los comportamientos violentos son especialmente frecuentes entre los varones jóvenes (1). Es preceptivo añadir que, en condiciones de normalidad, sólo una pequeña minoría de hombres actua de forma lesiva. Pero basta un goteo de atentados en un entorno afectado por formas endémicas de discriminación y acecho para que las acciones lesivas consigan efectos intimidatorios de carácter general.

En todo caso debemos constatar que los homicidas de su pareja suelen ser hombres; alguna vez pueden ser mujeres pero casi nunca son bestias: las bestias no llevan tan lejos los conflictos de poder con sus parejas sexuales. Tan siquiera las lejanas excepciones de algún atrópodos o de algún gusano son comparables a la violencia entre humanos(2), especialmente a la violencia machista. En otras especies, es incluso más frecuente matar a las crias que a la pareja. Y a la vista de esas singularidades, algunos sociobiólogos no dudan en afirmar que existe un conflicto latente de intereses reproductivos entre hombres y mujeres. Bajo una superficie adaptada a los valores igualitarios y contractuales propios de las sociedades democráticas, los machos de nuestra especie seguiríamos condicionados por un impulso ancestral, reprimido, controlado pero no suprimido, de fecundar al mayor número posible de hembras e impedir, simultáneamente, que otros machos accedan a ellas. De ahí surgiría la tendencia a la coerción sexual sobre las mujeres y a la rivalidad crónica entre hombres. Y sobre esos fundamentos se habría construido la moral del patriarcado que podría interpretarse como un pacto para evitar la violencia recíproca entre hombres y asegurar el sometimiento de las mujeres (3). Desconozco el fundamento que puedan tener estos relatos evolucionistas, pero no son halagadores. Y de ser ciertos, resultarían inquietantes: vendrían a decir que los hombres seguimos bajo instintos similares a los que impulsan la creación de harenes entre los primates. Es decir, vendrían a decir que los hombres tenemos unos impulsos sexuales disfuncionales, inadaptados a un proyecto social de convivencia en libertad y en igualdad. ¿Tan mal estan las cosas?

Apenas se trata de una hipótesis, por lo demás discutible, pero mejor tomar buena nota porque, a estas alturas, resulta dificil creer en la bondad innata del hombres pervertida por la injusticia social. El buen salvaje de Rosseau ha resultado tener una capacidad insospechada para transformarse en un ser cruel y codicioso en todos los sistemas sociales conocidos. Nos queda la vaga esperanza de que hayan existido sociedades pacíficas perdidas en la prehistoria. Sociedades "matristas" (matrilineales, matrifocales) que adoraban a divinidades femeninas y desconocían la guerra. Esta parece ser la tesis de Marija Gimbutas y es comprensible que nos agarremos a ella como a un clavo ardiendo pero, de momento, con la documentación disponible sobre la mesa, estamos entre los bichos más agresivos del planeta y no es fácil descartar la influencia de las determinaciones genéticas y los sustratos endocrinos. En todo caso, los condicionantes biológicos no nos inclinan naturalmente hacia soluciones cooperativas, inspiradas en principios de libertad y de igualdad.

Y ya no es de recibo desdeñar la importancia de la genética recordando los despropósitos de los primeros biologistas al estilo de un Cesare Lombroso (1836-1909) que afirmó la existencia de criminales de nacimiento y de "atavismos" en las mujeres que mostraban su menor grado de evolución, ergo su mayor inclinación al mal... Eso sí, ilustrando la cosa con "datos objetivos" sobre formas y volúmenes de craneos, climas regionales de Italia, refranes populares o morfologías del sexo femenino, reproducidas en dibujos de calidad manifiestamente mejorable. Al parecer, el bueno de Lombroso intentaba asociar morfología genital y normatividad, pensando que al observar minuciosamente un sexo de mujer llegaría a deducir si la chica era normal o puta... ¿Puta de nacimiento? No sabemos cómo pensaba extraer las diversas submuestra para sus observaciones (para comparar, por ejemplo, los sexos de las santas y los de las pecadoras), pero debemos añadir inmediatamente que en todas partes han cocido habas, y los delirios sociologistas sobre "el hombre nuevo" que iba a surgir de las sociedades comunistas desbordó todos los calderos. Fue igual de necio, pero bastante más peligroso.

Afortunadamente vamos saliendo de la miasma, y a estas alturas debiéramos ser capaces de tratar sobre el fundamente biológico o cultural de nuestra conducta sin dejarnos enredar en debates ideológicos simplistas, guiados hasta dónde sea posible por postulados verificables (o sea, refutables) y por la sensatez. En este sentido, la descalificación genérica de la sociobiología por estar asociada a agendas políticas reaccionarias está fuera de lugar y, además, es inexacta. Esta fuera de lugar, porque cualquier esfuerzo explicativo debe ser valorado por las proposiciones verificables que contiene y por las lineas de estudio que sugiere, y no por su ajuste ideológico. Y además es falsa, porque la sociobiología ha inspirado posicionamientos políticos diversos, sin excluir algunas propuestas feministas, como la contención de la violencia machista a partir de las alianzas de mujeres, que no sólo resulta inmediatamente plausible sino que, además, ha acreditado su función evolutiva a través de investigaciones sobre el comportamiento de algunos primates (4).

El problema no es pues ideológico, sino científico: las evidencias escasean, y hasta las explicaciones más aceptadas están en cuestión. Así, casi todos hemos acabado repitiendo que la agresividad masculina podría estar inducida por la testosterona, una (pro)hormona que se fabrica en los testículos, pero que también puede sintetizarse en los ovarios o la placenta. Esta sustancia presenta en sangre unos niveles muy superiores en hombres que en mujeres (de 260 a 1.000 nanogramos por decíltiro en hombres y de 17 a 79 en mujeres). Diversos estudios mostraban que los niveles de testosterona eran mayores en la población penitenciaria que en la población general y solía aceptarse que estaba correlacionada con la agresividad. Los niveles de testosterona y la masa corporal media (un 10% superior en hombres) han constituido hasta hace bien poco la explicación más socorrida sobre la contribución biológica a la mayor agresividad masculina. Multitud de estudios sobre los sustratos endocrinos de la agresividad parecían reforzar la hipótesis adrenalínica. Y su valor no ha desaparecido, pero si ha sido cuestionado.

Continuará

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Notas

(1) Los primeros trabajo estadísticos sobre las características socio-demográficas de la población reclusa los realizó Adolphe Quetelet (1796-1874) con datos de la justicia francesa para el periodo 1826-1829, y constató que entre los 28.686 acusados ante los tribunales de Francia durante aquellos cuatro años había 5416 mujeres (18,9%) y 23.270 hombres (81,1%). Es decir, la desproporción ha tenido el mismo signo desde que hay registros estadísticos, y no ha tendido a disminuir, sino al contrario. Ver Quetelet, Adolphe (1833), Recherches sur le pencchant au crime aux différens âges, pàg. 54.

(2) Entre animales es prácticament desconocida la muerte de hembras fértiles por parte de su pareja sexual. Por el contrario, ciertas hembras de artrópodos -como la mantis religiosa- o de arañas, sí matan y devoran a los machos que las han fecundado en un banquete nupcial que se interpreta como una contribución alimenticia al éxito reproductivo. También pueden encontrarse machos de gusanos poliquetos que matan y devoran a sus hembras pero, en este caso, son ellos los que incuban los huevos. En todo caso, estaríamos hablando de especies lejanas y de supestos distintos. Ver Garcia Leal, Ambrosio (2005), La conjura de los machos, Barcelona: Tusquets Editores, pàg. 239 y ss.

(3) Las especulaciones evolucionistas recuerdan extrañamente un relato de estructura casi mítica de Sigmund Freud: la cuarta parte de Totem y Tabú ("El retorno del totemismo en la infancia") donde insinua que cada niño revive un traumatismo filogenético consistente en la muerte del "padre", es decir, la muerte del macho dominante del harén, el reparto de las hembras y el inicio de otras normas de reproducción y convivencia.



sábado 5 de abril de 2008

La polaridad truncada

René Magritte, 1898-1967.
Se agradecerá información sobre esta obra que parece ser de Magritte

Creo haber encontrado el eslabón perdido entre los animales y el homo sapiens: somos nosotros.

Konrad Lorenz


Los datos sobre la violencia contra las mujeres son abrumadores, y entre los agresores destacan los hombres que conviven o han convivido con ellas. De acuerdo con el
Informe mundial sobre la violencia y la salud (OMS, 2002) y refiriéndonos de momento sólo a las agresions físicas, podemos afirmar que ese tipo de violencia "... se produce en todos los paises, en todas las culturas y en todos los niveles sociales sin excepción [... ]. En 48 encuestas de base poblacional realizadas en todo el mundo, entre el 10% y el 69% de las mujeres indicaron haber sido objeto de agresiones físicas por parte de una pareja masculina en algún momento de sus vidas." Y poco más adelante, el mismo informe indica que los motivos de estas agresiones no varían de una cultura a otra: "... el desobedecer o el discutir [...], el preguntar [al hombre] acerca del dinero o de sus amistades femeninas, el no tener la comida preparada a tiempo o no cuidar [...a gusto del hombre...] de los niños o de la casa, el negarse a mantener relaciones sexuales, y la sospecha [...] de que la mujer [...] es infiel" (1).

Adicionalmente, el mismo informe cita estudios de ámbitos geográficos muy dispares que registran volumenes elevados de agresiones sexuales contra las mujeres: "...el 23% de las mujeres del Norte de Londres (Reino Unido) dijeron haber sido víctimas de un intento de violación o de una violación consumada por parte de su pareja a lo largo de su vida. Cifras similares a las registradas en Guadalajara, México y Lima, Perú (23%) o en la provincia de Midlands, en Zimbabwe (25%)". Estos estudios se realizaron en distintos momentos y siguiendo metodologías diferente y, por lo tanto, no permiten deducir que en esos lugares los niveles de violencia sexual sean casi idénticos. La similitud de las cifras resulta engañosa, y su magnitud es elevada en relación a otros registros, pero en todo caso señalan que nos encontramos ante un problema extendido y substancial. Y eso sólo en el ámbito de la pareja, es decir, sin tener todavía en cuenta otras formas de violencia, como la prostitución forzosa o los abusos sexuales que las mujeres pueden sufrir pràcticamente en cualquier otro ámbito, empezando por los lugares de trabajo o de estudio. (2) Las dimensiones del problema son pues formidables.

Y aquí nos importa destacar, en primer lugar, su extensión geográfica y cultural: la violencia contra las mujeres se registra prácicamente en todas partes. Y ya casi nadie espera encontrar excepciones substanciales a este regla. Quedan lejos los años en los que Margaret Mead (1901 - 1978) escribió Adolscencia, sexo y cultura en Samoa (1928) o Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935) contribuyendo a las posiciones más esperanzadas del movimiento feminista. En la primera de aquellas obras señaló la existencia de una sociedad en la cual las adolscentes practicaban el sexo con cierta libertad y postergaban el matrimonio, incorporándose finalmente a las funciones reproductivas sin problemas. Y en la segunda describió tres tribus en las cuales los papeles que generalmente se atribuyen a hombres y a mujeres aparecían intercambiados de diversas formas. Otros antropólogos intentaron reforzar esa causa rebuscando en las sociedades preindustriales modelos alternativos de relación entre hombres y mujeres. (3) Pero los resultados de esa búsqueda han sido modestos, y en ciertos ambientes académicos hoy se ridiculizan sin muchas contemplaciones los intentos de encontrar alguna vaga excepción a la norma. A esa búsqueda de un caso, generalmente aislado, que ponga en tela de juicio las regularidades estadísticas establecidas se la ha venido a denominar bongo-bongoismo, en alusión sarcástica al carácter inevitablemente exótico de las excepciones que se citan, a la vaguedad de los datos que se aportan y al proceso de mestizaje y extinción de las fuentes. En todo caso, las singularidades que registra la antropología no cuestionan seriamente el carácter aparentemente universal de la violencia machista. (4)

Suele añadirse inmediatamente que los agresores son una minoría, pero no podemos afirmar que esa minoría sea insignificante ni radicalmente distinta del resto. Compartimos un sustrato neuroquímico similar, sometido a procesos de socialización y a estímulos externos que tampoco son radicalmente diferentes. Evidentemente, podemos transformar nuestas determinaciones biológicas en comportamientos socialmente adaptados, pero no convendría hacerse muchas ilusiones sobre nuestras inclinaciones: sea por causas genéticas o sociales, lo cierto es que apenas existe ninguna especie animal tan agresiva como la nuestra, en especial con sus hembras. Como diría García Leal, si las madres caníbales son un fenómeno infrecuente entre los animales, los padres que violan a su pareja lo son aun más y los padres matricidas son algo casi desconocido fuera de la especie humana. Volveremos sobre las sombras de la biología, pero ya podemos avanzar que formamos parte de un conjunto de seres vivos particularmente aguerridos, en compañía de la mantis religiosa, la mosca escorpión, los patos, los organgutanes, y un grupo de gorilas embriagados en una fiesta letal. Sobre ese símil, Tolkien podria imaginar un concilio de las estirpes de Mordor.

Sin embargo, algo hemos avanzado en la contención de nuestra pulsiones agresivas y en la construcción de unas relaciones más libres y más igualitarias, aunque no lo suficiente. Incluso se ha insinuado que la misma celeridad de los cambios producidos los últimos cincuenta años podría estar activando inseguridades y reacciones agresivas por parte de personas con dificultades de adaptación. Es una hipótesis discutible, pero la importancia del problema justifica que sea sometida a mediciones empíricas rigurosas y periódicas, comprobando la evolución neta de las variables pertinentes, es decir, comprobando su evolución una vez descontados los efectos producidos por los cambios de normativa, por la modificación de los índices de denuncia, por la persistencia de la ocultación o por los cambios en la propia estructura demográfica de la población. En definitva, debemos conocer el impacto neto de la igualdad en la conflictividad de género. Y teniendo en cuenta la que está cayendo, empieza a ser incomprensible que el problema se trate sólo de forma axiológica, con muestras insuficientes o "evidencias" anecdóticas.

A la espera de que aumente el interés por la ciencia, deberemos limitarnos al intercambio de impresiones y, efectivamente, parece que las resistencias al cambio son superiores a las previstas. En todo caso son superiores a las que preveía la ingeniería social puritana, que tiende a transformar en ley o reglamento todo lo que parece racional. Pero la racionalidad que explica el comportamiento humano no es siempre cartesiana: se requiere cautela para avanzar con los gorilas por la niebla, sobre todo, porque los hombres son muy capaces de matar a los gorilas y comérselos. Algún figura hasta intentaría forzar sexualmente a las hembras de los gorilas, si se dejaran.

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1) Informe mundial sobre la violencia y la salud, resumen, pág 17 y ss; OMS, 2002
2) Informe mundial sobre la violencua y la slaud, resumen, pág. 21 y 22; OMS, 2002
3) Possiblemente la obra más conocida en este ámbito sea la de Whyte Martin, K. (1978), The Status of Women in Preindustrial Societies, Princeton, NJ. Whyte identidicó hasta 41 sociedades preindustriales que se separaban del modelo dominante en àmbitos significativos como el castigo diferencial del adulterio. Sin embargo, la obra de Whyte ha sido criticada porque no tuvo suficientemente en cuenta el estado marital de las personas acusadas de adulterio, es decir, las comparaciones pertinentes requieren ver si se trata del mismo modo el adulterio del hombre y de la mujer cuando ambos estan casados.

martes 12 de junio de 2007

Banderas rojas

Labios rojos. Fuente: http://www.poeticadigital.com/category/juanferpt/page/2/