René Magritte, 1898-1967. Se agradecerá información sobre esta obra que parece ser de Magritte
Los datos sobre la violencia contra las mujeres son abrumadores, y entre los agresores destacan los hombres que conviven o han convivido con ellas. De acuerdo con el Informe mundial sobre la violencia y la salud (OMS, 2002) y refiriéndonos de momento sólo a las agresions físicas, podemos afirmar que ese tipo de violencia "... se produce en todos los paises, en todas las culturas y en todos los niveles sociales sin excepción [... ]. En 48 encuestas de base poblacional realizadas en todo el mundo, entre el 10% y el 69% de las mujeres indicaron haber sido objeto de agresiones físicas por parte de una pareja masculina en algún momento de sus vidas." Y poco más adelante, el mismo informe indica que los motivos de estas agresiones no varían de una cultura a otra: "... el desobedecer o el discutir [...], el preguntar [al hombre] acerca del dinero o de sus amistades femeninas, el no tener la comida preparada a tiempo o no cuidar [...a gusto del hombre...] de los niños o de la casa, el negarse a mantener relaciones sexuales, y la sospecha [...] de que la mujer [...] es infiel" (1).
Adicionalmente, el mismo informe cita estudios de ámbitos geográficos muy dispares que registran volumenes elevados de agresiones sexuales contra las mujeres: "...el 23% de las mujeres del Norte de Londres (Reino Unido) dijeron haber sido víctimas de un intento de violación o de una violación consumada por parte de su pareja a lo largo de su vida. Cifras similares a las registradas en Guadalajara, México y Lima, Perú (23%) o en la provincia de Midlands, en Zimbabwe (25%)". Estos estudios se realizaron en distintos momentos y siguiendo metodologías diferente y, por lo tanto, no permiten deducir que en esos lugares los niveles de violencia sexual sean casi idénticos. La similitud de las cifras resulta engañosa, y su magnitud es elevada en relación a otros registros, pero en todo caso señalan que nos encontramos ante un problema extendido y substancial. Y eso sólo en el ámbito de la pareja, es decir, sin tener todavía en cuenta otras formas de violencia, como la prostitución forzosa o los abusos sexuales que las mujeres pueden sufrir pràcticamente en cualquier otro ámbito, empezando por los lugares de trabajo o de estudio. (2) Las dimensiones del problema son pues formidables.
Y aquí nos importa destacar, en primer lugar, su extensión geográfica y cultural: la violencia contra las mujeres se registra prácicamente en todas partes. Y ya casi nadie espera encontrar excepciones substanciales a este regla. Quedan lejos los años en los que Margaret Mead (1901 - 1978) escribió Adolscencia, sexo y cultura en Samoa (1928) o Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935) contribuyendo a las posiciones más esperanzadas del movimiento feminista. En la primera de aquellas obras señaló la existencia de una sociedad en la cual las adolscentes practicaban el sexo con cierta libertad y postergaban el matrimonio, incorporándose finalmente a las funciones reproductivas sin problemas. Y en la segunda describió tres tribus en las cuales los papeles que generalmente se atribuyen a hombres y a mujeres aparecían intercambiados de diversas formas. Otros antropólogos intentaron reforzar esa causa rebuscando en las sociedades preindustriales modelos alternativos de relación entre hombres y mujeres. (3) Pero los resultados de esa búsqueda han sido modestos, y en ciertos ambientes académicos hoy se ridiculizan sin muchas contemplaciones los intentos de encontrar alguna vaga excepción a la norma. A esa búsqueda de un caso, generalmente aislado, que ponga en tela de juicio las regularidades estadísticas establecidas se la ha venido a denominar bongo-bongoismo, en alusión sarcástica al carácter inevitablemente exótico de las excepciones que se citan, a la vaguedad de los datos que se aportan y al proceso de mestizaje y extinción de las fuentes. En todo caso, las singularidades que registra la antropología no cuestionan seriamente el carácter aparentemente universal de la violencia machista. (4)
Suele añadirse inmediatamente que los agresores son una minoría, pero no podemos afirmar que esa minoría sea insignificante ni radicalmente distinta del resto. Compartimos un sustrato neuroquímico similar, sometido a procesos de socialización y a estímulos externos que tampoco son radicalmente diferentes. Evidentemente, podemos transformar nuestas determinaciones biológicas en comportamientos socialmente adaptados, pero no convendría hacerse muchas ilusiones sobre nuestras inclinaciones: sea por causas genéticas o sociales, lo cierto es que apenas existe ninguna especie animal tan agresiva como la nuestra, en especial con sus hembras. Como diría García Leal, si las madres caníbales son un fenómeno infrecuente entre los animales, los padres que violan a su pareja lo son aun más y los padres matricidas son algo casi desconocido fuera de la especie humana. Volveremos sobre las sombras de la biología, pero ya podemos avanzar que formamos parte de un conjunto de seres vivos particularmente aguerridos, en compañía de la mantis religiosa, la mosca escorpión, los patos, los organgutanes, y un grupo de gorilas embriagados en una fiesta letal. Sobre ese símil, Tolkien podria imaginar un concilio de las estirpes de Mordor.
Sin embargo, algo hemos avanzado en la contención de nuestra pulsiones agresivas y en la construcción de unas relaciones más libres y más igualitarias, aunque no lo suficiente. Incluso se ha insinuado que la misma celeridad de los cambios producidos los últimos cincuenta años podría estar activando inseguridades y reacciones agresivas por parte de personas con dificultades de adaptación. Es una hipótesis discutible, pero la importancia del problema justifica que sea sometida a mediciones empíricas rigurosas y periódicas, comprobando la evolución neta de las variables pertinentes, es decir, comprobando su evolución una vez descontados los efectos producidos por los cambios de normativa, por la modificación de los índices de denuncia, por la persistencia de la ocultación o por los cambios en la propia estructura demográfica de la población. En definitva, debemos conocer el impacto neto de la igualdad en la conflictividad de género. Y teniendo en cuenta la que está cayendo, empieza a ser incomprensible que el problema se trate sólo de forma axiológica, con muestras insuficientes o "evidencias" anecdóticas.
A la espera de que aumente el interés por la ciencia, deberemos limitarnos al intercambio de impresiones y, efectivamente, parece que las resistencias al cambio son superiores a las previstas. En todo caso son superiores a las que preveía la ingeniería social puritana, que tiende a transformar en ley o reglamento todo lo que parece racional. Pero la racionalidad que explica el comportamiento humano no es siempre cartesiana: se requiere cautela para avanzar con los gorilas por la niebla, sobre todo, porque los hombres son muy capaces de matar a los gorilas y comérselos. Algún figura hasta intentaría forzar sexualmente a las hembras de los gorilas, si se dejaran.
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1) Informe mundial sobre la violencia y la salud, resumen, pág 17 y ss; OMS, 2002
2) Informe mundial sobre la violencua y la slaud, resumen, pág. 21 y 22; OMS, 2002
3) Possiblemente la obra más conocida en este ámbito sea la de Whyte Martin, K. (1978), The Status of Women in Preindustrial Societies, Princeton, NJ. Whyte identidicó hasta 41 sociedades preindustriales que se separaban del modelo dominante en àmbitos significativos como el castigo diferencial del adulterio. Sin embargo, la obra de Whyte ha sido criticada porque no tuvo suficientemente en cuenta el estado marital de las personas acusadas de adulterio, es decir, las comparaciones pertinentes requieren ver si se trata del mismo modo el adulterio del hombre y de la mujer cuando ambos estan casados.
